Sin pretenderlo, Kyle Newman y Adam Goldberg llegaron más lejos y fueron sutil y conscientemente más fríos en las disquisiciones del periplo de un enfermo terminal con el humor jugando un papel importante en Fanboys, pero lo que Judd Apatow nos ha querido transmitir en Funny People ensambla con una sensibilidad autocrítica y una lúcida y mordaz pataleta de la comedia humana que, en última instancia, poco tienen que ver con la dura realidad de afrontar un destino fatal de esas características. Punzante, aguda, sabia, personal, comprometida y hasta indisimuladamente corrosiva, Funny People termina por restablecer y deformar los tópicos del drama y la comedia sobre romances y camaradería para traicionar el hasta ahora algo cojo discurso moral de Apatow haciendo ver que ahora éste sabe muy bien dar donde más duele, simplemente, mostrando la puta verdad a través del negocio de las vidas tanto de Apatow como de los protagonistas de la película (todos soberbios, especialmente un motivadísimo Seth Rogen), el humor, el cual aquí encuentra íntegra, hilarante, portentosa y brillante representación. La obra maestra de Apatow, sin ninguna duda.
Sergio Colmenar
A mitad de los 80, el manga estaba en uno de sus mejores momentos, lejos del encasillamiento repleto de clichés actual y en pleno proceso de maduración narrativa. Como en cualquier época dorada, no resulta raro que puros exploits -en este caso de yakuzas con toque Bond y artes marciales- acabaran siendo obras de referencia. Dibujada con mimo e hiperrealismo por Ikegami, Crying Freeman es, como todas las historias de Koike, una obra de personajes complejos. Hay violencia, sexo y desnudos en exceso, así como hipnosis y tatuajes. Y como rige la tradición clásica, todo es simbólico. Todo reafirma diferentes perspectivas y niveles del poder, ya sea sobre otros o sobre uno mismo, ya sea destructor o purificador. Destino y honor crean presas atrapadas en una red de dependencia, manipulación y muerte infranqueable. Por extensión, es también una obra sobre individuos que se definen por sus acciones y nombres dentro de unos colectivos, férreos y despiadados, enfrentados pero indistinguibles entre ellos. Y entre toda esa fatalidad, el amor de una mujer y un hombre corrientes que quedaron atrapados. Un hombre que atraviesa a fuerza de voluntad la senda del asesino, mientras llora, porque nunca será libre.
El Gótico
Aglutina toda suerte de modalidades (cine catastrofista, thriller enrevesado y político, terror “sobrenatural”, melodrama y hasta monster-movie épica) y las comprime en un sagaz batiburrillo de referentes de Serie B con vestidura de ambiciosa superproducción. Backdraft consigue eso y mucho más: que el maravilloso guión de Gregory Widen motivara al máximo el talento que encerraba un Ron Howard insólito y de impronta poderosa, que mucho me temo estaremos toda la vida añorando; que el reparto sea una finura totalmente convincente y memorable; que confiriera al fuego una nada descabellada mitología de casi intratable malignidad desprovista de superstición y un respeto devoto (en sentido casi erótico, obsesivo y enfermizo) hacia su personalidad e inteligencia de implacable desollador especialista en chamusquina. Backdraft, además, forja un emotivo intercambio de pareceres éticos para perfilar una honesta enunciación sobre la lealtad en la amistad y la familia (principalmente, en dos hermanos), venida abajo por evidentes adversidades. Obra maestra profunda, cuya larga duración emerge en función del cumplimiento de sus propias cualidades, que no son pocas, y no de su condición de amanerado cine mainstream, al que es ajena.
Sergio Colmenar
Que supusiera el salto al cine de un televisivo grupo cómico, luego renombrado y convertido en el mejor antecedente posible de la comedia absurda y grotesca, Monty Phyton and the Holy Grail no es aún respetable por abrir una veda a mediados de los 70, sino por ser la única y más deslumbrante obra maestra que vio en la precariedad de medios un abanico transmutable de comicidad y originalidad artística y constante, comprensiblemente, nunca repetido o igualado. El genio de los mayores monstruos que ha tenido la comedia televisiva y cinematográfica a lo largo de su historia alcanza aquí su cénit, con la pintoresca y sutil traslación del Medievo a la era de los 70 en una misma historia donde todo no tiene ni el menor sentido y, a la vez, encuentra el mayor de ellos con la brillante manipulación de la perspectiva del espectador, desvelando una relativa pero contundente coherencia en un desenlace de aquí te espero, usando esas aplastantes herramientas metalingüísticas de cuchufleta a las que los Python eran tan solícitos. Personajes como el conejo decapitador, Tim el Mago o Sir Lancelot ya son parte del imaginario de la comedia con exceso de vitriolo. Milagrosa y decisiva en la evolución del cine moderno sacado de las tripas.
Sergio Colmenar
Aunque prefiera sus mordientes cuentos infantiles, la rompedora y mutante novelización de su obra de teatro más célebre (The Picture of Dorian Gray) adaptada por él mismo y la desafiante y soberana ética de sus ensayos, Wilde también me merece especial respeto por uno de sus relatos, The Canterville Ghost, cuya sutileza y complejidad acaparan varias ópticas que focalizan tonos bien dispares entre sí: biliosa y burlesca sátira de la aristocracia neoconservadora y de la novela gótica predominante en el siglo XIX; divertido y amargo spoof del terror literario de fantasmas y casas encantadas y heterodoxa y singular defensa del arte, la vida, el amor y la muerte a través de una extraña y pajera alegoría moral (como es habitual en Wilde) que la lacia versión cinematográfica del relato (décadas más tarde y ya en color, nacería otra versión, un ignoto telefilm) tradujo en simplista pasatiempo para todos los públicos. Gran ejemplo de la incombustible personalidad de Wilde, a prueba de maniqueísmos obtusos y contrariedades. Es ese Wilde, siempre a la deriva, siempre genial.
Sergio Colmenar
Es comprensible que Terry Gilliam tenga detractores. Sus obsesiones -estéticas y temáticas- y su gusto por el fantástico desbocado le hacen crear obras caóticas y excesivas, descompensadas en ocasiones y exigentes con el espectador. Estos rasgos también le confieren una personalidad única y atractiva para aquel dispuesto a dejarse llevar. Con su habitual estilo recargado y gusto por lo andrajoso, …Parnassus es una obra muy representativa. Y bella. Múltiples lecturas despuntan en un argumento disperso que logra cohesionarse a base de sense of wonder hipnótico: desde la huida de la realidad -aunque la realidad sea aceptar la ficción-, hasta la posición del cine de Gilliam en el mercado. Como historia moral que es, se fundamenta sobre la elección, sobre la tentación y la apuesta. Así, presenta un juego de dualidades que permite pivotar los discursos: El diablo y el santo; la pocha realidad urbana y la fantasía barroca -definidas por el cambio de efecto artesanal a digital-; la vida itinerante y la seguridad hogareña; el joven inocente y el hombre misterioso. El bien o el mal. Basándome en la premisa de la obra, por la cual las historias forjan el mundo, no creo despectivo decir que, pese a putadas ajenas, Gilliam ha sabido crear un buen cuento. Y destrozar a Tim Burton.
El Gótico.
Es triste, pero son extraños los casos recientes de cineastas de calibre que replieguen con lógica y consideración el cine de acción tremebundo y exploitation de los 80 y 90. Por suerte, uno de esos casos sobresale del (moribundo) resto, el dueto Neveldine/Taylor: salvajes, retorcidos, dementes y amantes de la excusa prefabricada, la violencia grotesca y el collage de conceptos absurdos. Gamer es su nuevo zambombazo, y el más alambicado y fantasioso de ellos, que no el mejor. Disgregación del formato cinematográfico a través de CF barata, machista, videojueguíl y tecno-apocalíptica; perversión descosida del corporativismo y sátira confusa pero monumental de los poderes facticos de la ambición. Gamer es soberbia, irascible, hipervitaminizada y ácrata a nivel formal, con delirios propios de cualquier Serie Z de coproducción europea de los 80 con protagonista hercúleo, pero palidece en un tramo final indigno de una primera hora magistral, optando por la solución rápida y resultando desastrosamente plana y convencional. Con todo, Gamer es uno de los títulos más conseguidos y disfrutables de los estrenados este año en nuestro país, en cierto modo, emprendedor y legítimo en el cine violento y de acción comercial coetáneo.
Sergio Colmenar
Steve Buscemi quiso subyugar en su terreno las bondades de un clásico oculto y paradigmático del cine independiente holandés reciente, el Interview del asesinado Theo Van Gogh, Theodor Holman y Hans Teeuwen, y lo hizo con un remake fiel a la lucidez, al retorcido juego de espejismos y la ambivalencia moral de aquél, sin desmerecer de unas marcas y patentes puramente americanas y discurriendo, de paso, las miserias de la industria editorial y los mass media a través del choque coyuntural de personalidades entre los dos únicos protagonistas de la película, regidos por la competitividad de sus profesiones que ha terminado por condicionar sus vidas hasta deformarlas, incluso destruirlas. Con las palabras siempre por encima de la imagen, el Interview de Buscemi consigue elevar la entidad de su director y guionista de la mera aproximación a una retórica en vías de extinción: agenciarse las ideas ajenas que uno ama y respeta por motivos incluso personales para hacerlas propias, propias de verdad.
Sergio Colmenar
Estos últimos años, Grant Morrison se ha dedicado a escribir para las majors del comic USA. No por casualidad, al tratar personajes icónicos con tanto trasfondo y connotación, sus historias han ido adquiriendo una mayor complejidad narrativa; recurriendo a la elipsis, a la insinuación de innumerables ideas -cada detalle de la viñeta es relevante- y a la complicidad con el lector. Del mismo modo, ha potenciado esa intertextualidad y esa autoconsciencia que ya sabía manejar tan bien. En Batman R.I.P. confluyen la mayor parte de sus virtudes: su gusto por la maduración e integración de conceptos estrafalarios e ingenuos de los años 50, el manejo de varios niveles de realidad tanto dentro como fuera -los subtextos- de la ficción, la reinvención del tópico a base del golpe emocional, unos diálogos excepcionales y cierto toque metalingüísitico. Dicho de otro modo, Morrison consigue mezclar elementos dispares de los 70 años de la historia de Batman -de lo camp a lo freudiano- a un ritmo demencial; y al mismo tiempo hace que parezca que todo tiene sentido, aunque precisamente nos esté hablando de la condición infinita del heroe de cómic. Todo esto sin que Batman pare de repartir sopapos. Lastima que Tony Daniel al dibujo no sea la mejor opción.
El Gótico
Los zombis siempre han estado muy cerca de lo político. En los treinta, representaban a la masa empobrecida, a los trabajadores explotados por el capitalismo en falla. Tras la sacudida que le dio George Romero al género, se convirtieron en la forma de canalizar el miedo al Otro, en expresar los peligros del militarismo o evidenciar el consumismo rampante de nuestras sociedades. En cambio, los zombis de Ruben Fleischer sirven un propósito más microscópico, pero por ello más relevante para nuestra generación agobiada por cataclismos sentimentales: Mostrar el drama que supone crecer, madurar, hacerse mayor. La postadolescencia puede ser tan terrorífica o más que una manada de zombis. La rubia intocable que siempre deseaste puede querer devorarte. La morena renegada puede convertise en la Eva con la que repoblar la especie. Zombieland debe mucho a Shaun of the Dead, es cierto, aunque sus zombis juegan más por ausencia que por acumulación, hasta hacerse por largos periodos invisibles. Pero el humor, la socarronería y las hostias se reparten con la suficiente alegría y frecuencia como para hacer de esta comedia zombi una delicia para cerebros líquidos y hambrientos como los nuestros.
Dr Zito
Exploración del vacío existencial ante la aterradora certeza de una vida sin sentido en la que Dios se manifiesta a través de los desvaríos de una joven esquizofrénica como una figura aterradora. Ejercicio de creación en la que ésta se plantea como la única manera de trascendencia e inmortalidad posible. Visita al intermundo onírico en el que se diluyen las fronteras del sueño y lo real, llevándonos a los conceptos lacanianos en los que el acercamiento hacia el verdadero tejido de la realidad muestra, de hecho, el horror en toda su inmensidad: El horror de la no existencia de salvación. El amor desinteresado, en lo interpersonal, como el único motor vital capaz de proporcionar una razón de ser y un sentido a nuestra triste y efímera existencia. Espacios metafóricos como la isla, la habitación, el barco embarrancado o el teatro que definen el ser de los personajes y actúan como catalizadores de sus emociones. Un breve hilo argumental excusa para los atormentados dilemas existenciales de Bergman. Una pequeña obra sublime.
Milgrom
En los 90 surgió una tendencia, dentro de un género de terror que agonizaba, empeñada en deconstruir a golpe de brocha gruesa y cobardía mainstream a sus antecesores fílmicos. Si hay una película que sobrevolase por encima de toda la masa mediocre de obras que intentaron reinventar la ironía, es ésta. John Waters firma un guión hilarante que pervierte tanto los cánones de varios géneros como los de la América de Norman Rockwell, y lo dirige con un pulso e imaginación desbordantes. En él, Kathleen Turner recrea -magistralmente- a la asesina en serie que una sociedad tan superficial y deshumanizada como la que le rodea se merece. Un entorno amoral arraigado en unas costumbres mecánicas y vacías, donde la verdad pesa menos que la reputación políticamente incorrecta de quien la dice. Así, mientras Waters parodia los roles y mecanismos del slasher, nos muestra también un mundo de sonrisas forzadas y perversiones a puerta cerrada que, cómo no, es un reflejo. Y es que con el tiempo, Waters ha aprendido que para provocar hasta la médula no es necesario que alguien se coma una mierda. Basta con que una maruja incendie a un adolescente pajero.
El Gótico
Park Chan-Woon regresa tras la incomprendida I’m a Cyborg, y lo hace explorando de nuevo las relaciones malsanas, la culpa, la necesidad, la dependencia de aquellos que nos hacen daño, como ya hacía en su Trilogía de la Venganza, pero esta vez utilizando el vampirismo como metáfora de aproximación, y dentro de unos parametros costumbristas, como tambien ocurria en Let the right one in. Park nos ofrece ríos de humor negro, negrísimo, (en contraste con la gravedad de Ferrara en The Addiction), múltiples momentos de sexualidad tórrida, en la línea de Oshima o de La Venganza es Mía de Imamura, y sangre, mucha sangre, que se convierte en la moneda de intercambio en la relación enferma, dañina y pasional entre un sacerdote atormentado por su vampirización y una joven cenicienta encantada de convertirse en la encarnación del mal. El conjunto, pausado y crepuscular, destila un romanticismo post-romántico, de ese que se construye sobre la constatación de la realidad, y culmina con un plano final de los más bellos y emocionantes que hayan podido verse en una sala en mucho tiempo.
Dr Zito

















