El afán de Jose Luis Guerín por mantener una pugna entre ficción y documental llega en “Guest”, su último largometraje, con la intención de revelar una obra compleja de recopilación y reinterpretación. A modo de diario de viaje, los elementos azarosos cobran una coherencia en la sala de montaje, salpicados – como la lluvia que amenaza toda la película – por los apuntes de un observador que se sabe capaz de aportar algo de luz a un retrato internacional. Aunque su director no lo quiera, es imposible no pensar en como las almas solitarias de esta obra – primero hombres añorando mujeres, luego mujeres intentando huir de los hombres – están en oposición al Festival de Venecia como lugar donde cierta burguesía discute sobre una “revolución judía” mientras los niños juegan al fútbol entre las ruinas de Samaria. Así, el León de Oro del festival italiano es un ídolo pagano en las alturas, y Guerín desciende con su cámara a ambientes paupérrimos, donde Dios se hace más omnipresente, para concluir su viaje ante un diluvio universal; castigo de lo que Chantal Akerman califica dentro de la película como la idolatría a las imágenes, es decir, el cine como una torre de Babel que pretende ser un puente hacia Dios y termina siendo una perdición.
Henrique Lage
La cuarta película del actor-director Mathieu Amalric readapta la novela La otra cara del Music-Hall (1913) de Colette al mundo del Nuevo Burlesque y lo hace apoyándose en ese concepto de troupe como forma de vida que tanto gustaba y definía a Fassbinder y en el naturalismo nervioso de Cassavetes, para hacer brotar por si mismas las emociones y desvelos de un grupo de mujeres artistas, hermosas y plenas, que sufren la soledad y el desplazamiento, registrando sus actuaciones nunca de manera frontal sino entre bambalinas para así mostrar sus esperas, los tiempos muertos, sus inseguridades, su incertidumbre, mujeres guiadas por el personaje interpretado por Amalric, una auténtica ruina humana, que va comprendiendo poco a poco el alcance de sus derrotas y la necesidad de abandonar sus ambiciones pasadas para poder abrazar otra, la de compartir su vida con un grupo de descastados y marginales al que pertenece por derecho, reunidos todos en un hotel abandonado, metáfora de nuestros propios desastres, antes de volver a la carretera y continuar adelante, porque la vida no es otra cosa. Es seguir adelante.
Dr Zito
Podría describir “Mantra” como una novela tan sincrética y fronteriza como el México que retrata, ese México pop recorrido por ojos extranjeros, buscando aquellos símbolos que identificamos con D.F. y su país, un México soñado como uno de esos ídolos paganos que florecen en las infancias. Entrecortados recuerdos de una mente en declive tumoral, glosarios de influencias que suman una personalidad – quién sabe si de la propia ciudad o simplemente del narrador – y el extraño alivio de un horizonte post-apocalíptico y sardónico. Fresán glorifica la construcción de una ficción: el narrador que pretende llenar los últimos momentos de su vida con el espíritu de un tebeo, una novela trágica o una mala película de luchadores mexicanos; mientras, su objeto de adoración, el tylerdurdeniano Martín Mantra, se dedica a la realización de su magnum opus, la película “Mundo Mantra” que le consagre con la inmortalidad divina. Dos posturas para adaptar la vida a un relato que la sublime, y como fin último ese espectador – ya sea de una pantalla del museo de momias de Guanajuato o de un ring del barrio de Tepito – que alcanzará un éxtasis para liberarse de la angustia del dolor, del peso del recuerdo y la asfixia del deseo, alcanzar, en definitiva, un nirvana.
Henrique Lage






