En el mundo de los bolsilibros bizarros hubo lugar para la ficción futbolística, ese género marginal y grimoso al que apenas se ha prestado atención con acierto más allá de Eduardo Galeano o Nick Hornby (con permiso de Eric Castel y Curro Córner). En la colección Doble Juego hubo al menos un ejemplar dedicado al fútbol, o mejor dicho al “soccer”; esa manía de Bruguera de dar gato por liebre llevó a Frank Caudett (el barcelonés Francisco Caudet) a idear un thriller ambientado en la absurda liga norteamericana de este deporte, lleno de explicaciones sobre su idiosincrasia yanqui y de locuciones balompédicas (el horror) de todo tipo. Contra todo pronóstico, la historia es bastante entretenida: West Stevens, exitoso entrenador del Chelsea, es contratado por un millonario para ponerse al frente de un nuevo equipo creado para hacer sombra al New York Cosmos: los Empire Football York, liderados por los arietes Giorgio Antonutti y el vascuence Chus Novoa. El Empire parece invencible, hasta que dos de sus estrellas reciben una misteriosa llamada amenazante, para que pierdan el choque contra el Manic Montreal. Antonutti rechaza la oferta, marca un golazo y cae fulminado en el campo. Intriga, acción, amor, árbitro comprao y partido regalao.
Frunobulax
Antes de nada, echad un vistazo a este recorte de la revista El Víbora (nº 191, año 1995), donde Hernán Migoya reivindicaba la labor de Joseph Berna como escritor bizarro. Pues bien, ahí tenéis un ejemplo diáfano de la prosa de Joseph Berna. Estoy totalmente de acuerdo con Migoya en la falta de reconocimiento, así como su condición de autor “delirante”. Pero delirante, en mi humilde opinión, en plan mal. Porque ese estilo veloz de Berna, esos chistecitos uno tras otro, esa fluidez machista de coña marinera inherente al inconfundible “Rey del Punto y Aparte”, a mí me ponen enfermo. Me había prometido a mí mismo no acercarme a otra novela de Berna (lo hice después de leer por ejemplo ésta), y si lo volví a intentar fue sólo, lo confieso, porque en el título se mencionaba al Planeta Bongo, y la casualidad, como gran fan de los tebeos de los Simpson, me hizo gracia. Pero espero no caer una tercera vez. Porque, al menos cuando toca la ciencia-ficción, la prosa de Berna me resulta irritante y soporífera. Como una película de Esteso sin Pajares, en trajes de papel Albal. Como un monologuista triste. Una parodia. Ésta va de marcianos de Bongo que se hacen pasar por personas para ligar terráqueas en una playa de 2098, y poco más. Yo no le pillo la gracia.
Frunobulax
Radiante ilustración de Salvador Fabá, que abre una estupenda novelucha tardía de Curtis Garland (de 1993, anteayer practicamente) de terror clásico. París, 1928. Un viejo edificio en Montmartre aloja a una comunidad de vecinos ancianos que comienzan a morir uno tras otro misteriosamente. Peter McCoy, joven estudiante de arte de origen escocés, acaba de llegar al edificio, y pronto comienza a asistir a horribles y truculentos sucesos, que tienen como protagonista a una niña que se pasea por los pasillos portando un muñeco ensangrentado. Debajo de Peter vive monsieur Pholien, un ventrílocuo retirado, que acaba de perder, precisamente, a su muñeca Clo-Clo. Meanwhile, Peter se lo monta a dos bandas con sendas veinteañeras en ciernes, Pascale Barray, quien tiene visiones premonitorias sobre muñecos de ventrílocuo asesinos y huérfanas desaparecidas, y Mireille Descamp, a la sazón vecina del 2º derecha. Asistimos a una serie de asesinatos, apariciones, gritos en la noche y cafelitos amorosos en Pigalle para desestresar. No salen fabulosos bicéfalos como en la portada, pero sí ventrílocuos locatis, gendarmes sospechosos, niñitas asesinas en serie y ecos a “El retrato de Dorian Gray”.
Frunobulax
Daniel Clowes contraataca desnudo de cualquier ornamento innecesario con una de sus obras más directas. “Wilson” es la culminación de un discurso desesperado y misántropo que hace de la honestidad de sus líneas – narrativas y pictóricas – un excelente recorrido cinético por el periplo de un hombre mediocre. Recogiendo el testigo de sus trabajos anteriores, de los que hereda el gusto por la microhistoria que conjuga un retrato mayor, Clowes encuentra aquí una de sus obras más extrañas e indescrifables, como si el escepticismo le haya llevado incluso a dudar de sí mismo, planteándose hasta que punto el cinismo ha perdido todo valor. Concluye Clowes en la necesidad del misántropo de ver sus suspuestos refutados, en un punto en que la decepción se torna esperanza.
Henrique Lage







