Esto debe quedaros claro a muchos espectadores de cine: la auténtica idiosincrasia de la exploitation la define su anárquica y descompasada tendencia al pastiche, al margen de guiones sofisticados y otros pudores argumentales, y si [Rec] evocaba los laboríos más inspirados de Lamberto Bava o Bruno Mattei, sin olvidarse de saquear a algún que otro clásico del terror yanqui ni de su condición celtibérica, [Rec] 2 merece una triple sesión golfa con muestras de inefables bufonadas satánicas como Shadow Builder y Exorcist: The Beginning. [REC] 2 va en esa misma dirección, sin miedo a hacer el ridículo (que lo hace, y a lo grande), pero explotando inteligentemente las posibilidades técnico-narrativas de su opción de falso documental y la vertiente más virulenta de los varios referentes (sorprendentes) sobre los que se gesta. Una fiesta para amantes del terror sin remilgos, que plantea algunas ideas visuales y momentos de aplauso, mientras que no importa que en algunos tramos el histrionismo gratuito, tontazo y gilipollas haga de las suyas. Para más inri, su risible, aunque efectiva, mitología satánica no conoce fronteras ni vergüenza. Balagueró ha sacado, por fin, a ese diablillo reprimido que llevaba dentro, el viejo faneditor de Zineshock.
Sergio Colmenar
Las intimidades y los argumentos del prohombre son constante inherente al discurso de Kathryn Bigelow, cineasta célebre por enraizar las obsesiones machistas más siniestras y agresivas sin dejar de ilustrar una sensibilidad romántica y ética como contrapunto conflictivo. Es cierto que Near Dark o Blue Steel responden con más claridad a la capacidad de análisis de abyección varonil de la directora (ayudada por su en aquél entonces inseparable socio, Eric Red), pero Point Break está tan inspirada en los excesos físicos y mentales de la masculinidad como estas. Que Bigelow esté aquí custodiada por James Cameron y no por Eric Red dice mucho de la fulgurante energía visual de la película, en el amparo de los ambientes del Surf, el nihilismo postgrunge y una puesta en escena salvaje y trepidante. En los créditos iniciales, los dos protagonistas se debaten paralelamente en un combate de testosterona pasado por agua, cada uno en su especialidad. Bigelow plantea la estructura de la película bajo este axioma y la riega con chorros de ingenio, proponiendo, en esencia, un cine de acción basado en su gramática fundacional, casando fondo y forma y funcionando como demiurgo del género más allá del bien y del mal.
Sergio Colmenar
No es extraño ni mucho menos peligroso que a cierto sector de forofos encallecidos al cine de zombis nos haya gustado poco esta sosa e inofensiva Zombieland, ya sea por su humor estrictamente quinceañero, pasadísimo de rosca y bastante memo, o bien por su bienintencionado aunque malogrado empeño en anular la alegoría coyuntural del cine zombi moderno que podía esperarse. Ruben Fleisher no quiso derivar de la escuela Romero, pues muy bien, pero sí quiso hacerlo de la de Fred Dekker (Night of the Creeps) o Dan O’Bannon (The Return of the Living Dead), y el problema está en que su comedia de zombis no es ni ingeniosa ni muy violenta, joder, ni siquiera lo suficientemente imaginativa. Lástima, pues posee el mejor prólogo de la historia del cine de zombis, con permiso del de Day of the Dead, y el momento Bill Murray (por como acaba el chiste y sin ser gran cosa) dejaba olisquear una fina ráfaga de potencial humorístico por encima de la media, lo cual no evita, para nada, el churro, blando, bobo, desganado, con un clímax horroroso y un par de personajes femeninos irritantes y absolutamente innecesarios. Su director prepara secuela. Sería un momento estupendo para enmendar el putísimo error. Si no, que tome aire.
Sergio Colmenar
Partiendo de la base de que Philip K. Dick es uno de los pilares para entender los modos de pensamiento y obsesiones que definen el siglo XX, Una mirada a la oscuridad resulta una obra de madurez que descubre también a un gran narrador. Y es que muchas de las cualidades como escritor que asomaban en las obras de su primera etapa confluyen aquí para relatar una historia con los típicos leitmotivs dickianos -drogas, paranoia, conspiración…- pero mucho más estilizada, más directa y más cruda de lo habitual. Salpicada de ideas geniales y desestructurando en ocasiones el canon narrativo, la novela funciona como una serie de fragmentos, de retazos de un todo. Fragmentos que llevan a otros fragmentos, que dejan cabos sueltos, que desvarían, que se solapan. Un todo que es “El Todo” del autor, el sentido que debería unir todos esos fragmentos, el sentido que debería tener su vida, y la nuestra. Aún siendo una obra abiertamente autobiográfica, con un gran lirismo y melancolía -acrecentada por el epílogo que la cierra-, resulta curioso que sea también una de las que contiene mayor dosis de humor absurdo por página de toda su bibliografía. Y es que la habilidad de Dick por distorsionar la realidad siempre ha sido legendaria.
El Gótico








