Son muchos los que se dan las primeras hostias con la vida completada la excursión estudiantil y superada la adolescencia. El menoscabo de la ilusión, la rutina de la espera de un futuro cada vez más lejano son los síntomas del postuniversitario que ha de limpiarse el culo él solito los 360 días del año. Todo ese amargor primaveral del doloroso desvirgue de la mentalidad adulta es evocado con lúdico detalle documental en esta St. Elmo’s Fire, clásica ochentada del drama de rebeldes de causas laicas que no esconde una filosofía pro-púber e inocencia directamente heredada del John Hughes más comprometido en el aspecto generacional y ético de sus argumentos. Uno por uno, el director Joel Schumacher, también autor del guión junto a Carl Kurlander, arma los estereotipos juveniles llegando a conclusiones desenfadadas y enunciando una clara apología del buen rollo entre compadres que se usan para putearse, confesarse, divertirse, amarse y odiarse. Hay quien le ve un final postizo y una moraleja demasiado evidente, yo, sin embargo, le veo todo suficientemente honesto, valiente y admirable.
Sergio Colmenar
No dejo de sentir cierta abulia ante un sector que se la agarra con pinzas para determinadas obras. Que glorifican aquello a causa de circunstancias ajenas y masacran golosinas a las que deberíamos agradecer ese regusto a complicidad y divertimento. Sam Raimi es perro viejo, y se ha permitido recordar sus orígenes sin hundirse en la mera nostalgia, creando una historia propia de los tebeos de la EC. Con su maldición, su fatum y su moraleja. Donde la conducta de un personaje atrae lo sobrenatural y se nos enseña una lección. Y es precisamente aquí, en el juego de combinar los dos mundos donde Raimi hace maravillas: la tensión en el mundo anodino, a la espera de sorprenderse con el siguiente momento sobrenatural; y la risotada y el aplauso cuando por fin interviene el exceso en forma de slapstick convierten la historia en una montaña rusa. Esos dos mundos resultan una alegoría perfecta de cómo Raimi ha sabido crear una película con total conocimiento de los engranajes del género mainstream, pero manteniendo ese juego subversivo que le ha caracterizado siempre. Y es que, si no son capaces de dejarse llevar con una película en la que algún personaje vomita sobre otro cada 10 minutos, no han entendido nada de cine.
El Gótico
La vuelta de James Cameron al cine constituye una inclasificable sesión de hipnosis y aturdimiento mental que define con experiencia su condición de superestreno de multicines para espectadores dados a la sugestión de la idiocracia. Avatar no innova y aporta nada a las tendencias de tecnología avanzada de cine actuales, su aspecto es el de un churrete cualquiera de animación en 3D directo a video, aunque mejor trabajado de lo habitual, y espiritual y argumentalmente es un tópico en sí mismo hablado en primera persona del singular. Ridícula, pueril, maniquea, pseudofilosófica y pedante, Avatar propone una mortalmente aburrida, plana y superficial ambivalencia de submundos rancios que no nos lleva a ninguna parte y resulta siempre gazmoña y no apta para renitentes del new age y el jipismo cósmico moderno. Para colmo, dirige Cameron, máximo responsable de radicales obras maestras como Aliens o Terminator 2: Judgment Day, como si dirigiera tu abuela partiendo de un inútil máster de Comunicación Audiovisual y diseños edulcorados de Aliens. Por lo demás, es ver a un tótem de gatos azules maricones (van repeinados, casi en bolas y llevan purpurina en la cara) interactuando con humanos y deletreando la expresión “camino trillado”.
Sergio Colmenar
Las spoof-movies son el género del ZAZ (David y Jerry Zucker y Jim Abrahams). El resto son imitaciones, la mayoría, desafortunadas. Tuvieron que ser los hermanos Wayans con sus brillantes Scary Movie y Scary Movie 2 los que despertaran los ánimos de los principales miembros del ZAZ, el veteranísimo David Zucker, tras las cámaras, y Jim Abrahams, en el guión, para imponer autoría y devolverle el empaque de calidad requerido a las spoof-movies en el siglo XXI, y, de paso, recuperar a Pat Proft (artífice de los dos Hot Shots!) y acoger a un talentazo en potencia, Graig Mazin, co-guionista de ese par de obras maestras que son Scary Movie 3 y Scary Movie 4. No es de extrañar que este último, formando equipo con David Zucker, se lanzara a escribir y dirigir él solito esta Superhero Movie, soberbio spoof como manda el canon, cargadito de mala baba, obscenos e ingeniosos gags surrealistas, mal gusto al cubo y un arrojo visual que nada ha de envidiar al de los modelos burlados. No es sólo una de las mejores comedias de la década, sino, tal y como andan las cosas, la mejor película de superhéroes, así, en general, de los últimos años. Qué más quisieran para sí Sam Raimi o, desde luego, Christopher Nolan.
Sergio Colmenar
Spike Jonze ha creado una película infantil que resulta muy jodida si uno ya no lo es. El recorrido que realiza el niño protagonista, en respuesta a la impotencia y la incomprensión de unas reglas que no son justas, resulta uno de los retratos más certeros que se han dado en el cine sobre la pérdida de la infancia; más bien, sobre la infancia misma. Y es que el refugio ficticio que aparece ante el niño que huye -al atisbar que sólo es uno más en un mundo cabrón como éste-, es un refugio inútil; de fantasías nada inocentes e impulsos irracionales, y mucho más real de lo que aparenta: un mundo que resulta un reflejo de su angustia, y al que tampoco pertenece. Where the Wild Things Are es, en conclusión, una película de gran belleza donde nadie aprende nada, donde nadie soluciona nada. En cualquiera de los universos planteados, la única victoria pírrica que le queda a un niño es la catarsis del juego rabioso, una evasión que niega la mediocridad durante un rato. Una mediocridad que vuelve a imponerse rápidamente, una y otra vez, hasta que sea aceptada, pues antes o después alguno de los jugadores les recordará su fragilidad al resto. Y es que no se puede vivir en la quimera, ni siquiera entre seres que no existen.
El Gótico
De verdad que no me extrañaría oírle decir a un niño que el nuevo Spike Jonze es una moñada sin chicha para niñas bobas con coletas. Después de oír a uno destrozar la magistral Transformers: Revenge of the Fallen como lo haría Javier Ocaña, trago con todo. Él se lo pierde, porque si la película de Jonze se dirige con especial tino y áspera pero necesaria delicadeza a un público determinado, es al infante. Así, Where the Wild Things Are fortalece esa vieja tradición de agudeza ética en el clásico cuento infantil con anímica sensible y cambiante, penetrando, a su vez, en las experiencias recabadas de los adultos conmoviendo a estos. Mérito todo de Spike Jonze, que reinterpreta majestuosamente el material de base acentuando su tono melancólico y ciertamente lúgubre, haciendo de una recta final tópica y predecible una sensacional e irremediablemente emotiva lección de cine sencillo y valores morales básicos. Aconsejo que huyáis del doblaje español.
Sergio Colmenar
Los zombies ya son alegoría de todos los aspectos sociales contemporáneos, desde la política al amor. Y claro, ahora que lo zombie es tendencia todo dios se sube al carro. Esto ha provocado una comercialización masiva que amenaza con agotar hasta al seguidor mas fiel del subgénero. Más aun cuando la originalidad no es condición sine qua non de las nuevas propuestas. Entre todo este fenómeno exploit aparece esta antología de relatos cortos que cuenta con varios autores de renombre -publicada en España por Minotauro con el titulo de Zombies-. Y da en el clavo. El relato corto permite una exploración del concepto mucho más arriesgada y personal a lo que solemos ver en otros medios. Esa diversidad que se crea -en su mayoría de calidad-, es el principal atractivo: relatos que podían pertenecer a algún capitulo de la afamada Guerra mundial Z, otros más festivos -splatterpunk, ya me entienden-, algunos que se acogen a la fórmula de la EC Comics de los 50, aquellos más vudú y esos más extraños y atípicos. En definitiva, un libro con buenas ideas que trata de sobresalir por encima de una masa de merchandising demasiado homogénea, agresiva y estúpida, una masa zombie.
El Gótico
Piensan muchos en una banalización de la fuente original, del supuesto rigor crítico y ético del Ferrara más sobrevalorado; si tras la inversión de un ambiente pegajoso y sombrío y la sustitución de crucifijos y jesucristos imaginarios por iguanas errantes en rocambolescos primeros planos y almas bailarinas de capos del puterío no veis el desquite de Herzog (y del guionista, William Finkelstein) ante los convencionalismos del thriller al uso y una personal y contemporánea reconstrucción de los resortes de la miseria humana, procedentes de la original Bad Lieutenant, habréis visto una película muy diferente a la realmente concebida. Herzog orquesta sabiamente una impopular sátira (no sabemos si conscientemente) de la beatería obsesivo-compulsiva de Ferrara tomando los clichés de historia triste de antihéroe como contrapunto sarcástico en el brillante modo de denigrar y tergiversar el discurso y la pataleta final de la película de Ferrara: sin apartarse de una mirada fría y decadente, a pesar de la cruda ironía, volatiliza el tremendismo exasperante en pos de un final circular y una sonrisa (literal) al principio del fin, a la imposibilidad de redención en el triunfo social, sin apostilla moralista gilipollas ni llantos de socorro demenciales.
Sergio Colmenar
Neil Gaiman cada vez demuestra con más ansia que ha perdido fuelle. Su estilo ilustrado y fantástico, de realidades neblinosas que subyacen, miradas melancólicas de otoño, de perspectivismos forzados y gatos sabios -que tanto encandila a la sección femenina- no ha funcionado como debiera desde The Sandman, ni en viñetas ni en prosa. Y esta miniserie para Marvel no es que lo demuestre, es que toca fondo. Los Eternos, personajes creados por el mucho más imaginativo Jack Kirby allá por los 70 -autor con unos conceptos temáticos y narrativos absolutamente antitéticos a Gaiman-, no han funcionado bien desde que El Rey los dejó. Este nuevo relanzamiento no sólo no da resultado, además se lee con desidia ante lo abusivo en tópicos. Ni el dibujo del acojonante John Romita Jr. consigue levantar una serie cuyo final abierto deja demasiado claro su olor a maniobra editorial. Una deriva de ideas sin garra que tratan de emular, sin lograrlo, al Walter Simonson de la época dorada de Thor a sabiendas de lo lejos que le queda imitar al Rey. Excusa de trabajo alimenticio que no disculpa a Gaiman, puesto que autores más humildes que él trabajaron toda su vida por encargo, y crearon maravillas.
El Gótico
Si de algo puede enorgullecerse Saw VI es de haber recibido el mayor de los halagos posibles en la sociata, pulcra y mojigata España de hoy. Su prohibición en el país donde se celebra el derramamiento de sangre y la muerte reales de animales contra voluntad y a modo de espectáculo, para todas las edades, aclara muy bien el desmoralizador y ofensivo resultado de la película en determinadas mentalidades opresoras. Sólo así se explica que sangrientos estrenos posteriores como The Final Destination y Sorority Row hayan sido esta vez ignorados. Saw VI, tan escandalosa a nivel de violencia como cualquier otro gore morboso que se precie de serlo, arremete, con toda su artificiosidad e inverosimilitud tecnológica y narrativa, contra el punto flaco de los comportamientos humanos tribales, advirtiendo sus miserias, codicias, hipocresías y estados psicóticos, y lo hace en un tono excesivamente sórdido y amoral, que deja a las anteriores entregas como mosquitas muertas. Es decir, funciona, logra sus objetivos: divierte, inquieta y asquea de puro placer, sin pretender colarnos ya coartadas argumentales que busquen con desesperación la originalidad. Que se joda el guión. Y que se joda España.
Sergio Colmenar
Ni el cine de género y clásico han existido jamás. Ambas denominaciones quedaron inoperantes desde su mismo origen. Con respecto a la inexistencia del cine clásico, nunca me quedó del todo claro, hasta que leí, casi de un tirón, este poderoso y lúcido libro de Carlos Losilla sobre la invalidez y farsa del cine clásico, entendido en la edad de oro del cine hollywoodiense de los años 30. Losilla se empecina especialmente en desmentir dicho canon con una serie de pruebas prácticamente irrebatible, cristalizando la malversación de los esquemas y conceptos que supuestamente dieron marca indistinguible al cine clásico. Mediante artículos ya escritos con anterioridad por el autor, La invención de Hollywood… se reafirma desde su prólogo/clave en las distintas formas de volubilidad del cine primerizo y moderno, sirviendo como cómoda y agradable compañera de viaje en la evolución de una de las artes más rotundas y comprometidas de la historia que, como Losilla en su ocupación de crítico cinematográfico, no soporta quedar estancada, y aún menos para que los meapilas se deshagan en forzados y rancios halagos. Obra maestra crítica, heterodoxa y aguerrida, de un autor totalmente incombustible.
Sergio Colmenar
Sugería ese sector de prensa previsible y decimonónica que el nuevo Lars von Trier resultaba una pantomima terriblemente vulgar y ofensiva. Pues bien, Antichrist necesitaba de esas triviales afirmaciones para avivar el escándalo de sus contadas escenas de impacto y captar la atención del público de forma extendida. Ello no significa que sea una película que carezca de entidad, aunque sea, desde luego, espesa, lúgubre, delirante, ininteligible, chunga, gratuita y ratera. Es la matemática poética de sus imágenes la contribuyente primordial del potencial de su singular estilización de lo grotesco que desemboca en bella aberración ética hacia el final; indescifrable sui generis antierótica que gime y grita más que evoca, pero que, indudablemente, es una privilegiada en ideas sobre una deidad maligna tan inquietante y sugerente como ambigua (o directamente absurda) que inteligentemente von Trier traduce en frescos barrocos en movimiento. No es para tanto, pero tampoco es para menos, Antichrist agarra los convencionalismos del drama conyugal psicológico y el terror radical y los tuerce, aplasta y pudre.
Sergio Colmenar














