Irregular experimento el pertrechado por Stiller. Posiblemente la autoconsciencia de saber que se estaban parodiando a sí mismos, en tanto a representantes del mainstream hollywoodiense, lastra un tanto el resultado final de la película, menos hilarante de lo que en principio se podría suponer por el currículum de los actores participantes. La película repite el mismo chiste durante dos horas y, exceptuando algunos gags puntuales como el cameo de Tom Cruise, es un dar vueltas a lo mismo. Perdido en la espectacularidad de las escenas de acción y en jugar a hacer de Rambo, Stiller no encuentra ni el rumbo de la dirección ni el de la narración embarcándose en un mero egotrip, de igual manera que el personaje que protagoniza, olvidándose de hacer reir y preocupándose más de epatarnos con supuestas ideas geniales que nos distraigan de las carencias de la película.
Milgrom
Crash es una novela polémica sobre follar y darse de hostias, ambas cosas en un coche. También es una novela escrita con un léxico muy limitado, que la entorpece en ocasiones, debido al empeño de Ballard en diseccionar científicamente a la adormecida clase media post-industrial. Y, por supuesto, es una novela que habla sobre la huida hacia adelante, sobre la necesidad del individuo del siglo XX, incapaz de sobrevivir al vulgar día a día, de escapar de sí mismo y de su mundo. Y quizá la manera de repudiar esas enormes masas de hormigón, repletas de tránsito, que deforman y colectivizan, sea practicando sexo autista y violencia desatada dentro de nuestros vehículos, instrumentos dinámicos de rutina, templos individualistas, proyecciones de nuestra tecnología, nuestra inteligencia, de nosotros. Golpearnos con ellos es autodestruir los logros de esta civilización, crear una ruptura con nuestro yo social, es cambiar nuestra vida. Mancharlos de fluidos corporales es despojarlos de raciocinio, reivindicar lo emocional. En Crash, los polvazos son un refugio fugaz, las heridas son pruebas de una búsqueda intensa y las cicatrices reafirman el individualismo de aquel que conoce la única salida, planear la propia muerte.
El Gótico
No dejo de sentir cierta abulia al comprobar que se afirma la virtud de una expresión concreta desde el tópico de la ausencia de pretensiones. Si Sam Raimi es el artífice de aquella singular mirada que rejuveneció un subgénero, y si ahora retorna a ello con tal énfasis autoconsciente, ‘Drag me to hell’ exhibe la inocua pretensión de retornar a aquellos contornos mediante la actualización en la temática y la ampliación del desenfreno que inspira cada pieza que la compone. El resultado es desequilibrante, y confieso que me sentí enfermo en algunos momentos de la proyección: un jolgorio arrollador que nos lleva hasta la moraleja final, y escasa habilidad cuando quiere sorprender al espectador. No obstante, la abrupta mirada de Raimi sigue siendo un medio efectivo para un sincero reencuentro con los contornos del fanta-terror, teniendo aquí un ejemplar -esa vieja del demonio- que es firme candidato a formar parte imprescindible de la antología.
José A. Peig
Icono entrañable dentro del repertorio de carátulas que jalonaron los videoclubes en la segunda mitad de la década de los ochenta, la película de Steve Miner irrumpió para ser otro sucedáneo más de hits de su tiempo como ‘Poltergeist’ o los zarpazos de Freddy Krueger, en una oportunista secuenciación de pasajes que nos llevan desde un cierto humor nerd , pasando por la típica imagen demónica de la mansión encantada hasta los traumas psicológicos consecuentes a la guerra de Vietnam. Resulta en una mixtura de la imaginería cercana a Carroll y a Lovecraft al servicio de una narración de sentido y tono volátil. Una mediocridad tan olvidable como evocadora de los sueños más próximos a ese temor subconsciente que se traduce en la sensitiva imagen del averno en una casa que abre puertas hacia otros mundos. Al final, un festín cuya volatilidad es el mejor regocijo para el espectador.
José A. Peig
Este es un libro de nuestro tiempo que debe ser leído sin demora. Nos acercamos a una época conclusiva en la cual la modernidad puede estrellarse contra la evidencia de ser presa de los fantasmas que ha intentado eludir sacralizando el fundamento de la tecnocracia, y revistiendo de mesianismo a toda Idea surgida como respuesta a la necesidad de crear un nuevo orden. Las ideologías buscan un mundo perfecto que materialice el sueño – sea transversal o céntrico – de la era cristiana en un marco de revolución tecnológica. Es entonces cuando el apocalipsis nos revela que el humano, verdaderamente, puede desempeñar el papel de Dios y representar la batalla entre el bien y el mal que precede a la época dorada. Por eso, John Gray puede equivocarse cuando proclama el fin de la Utopía. El sueño humano es imparable, hacia una meta final de trascendencia o de autodestrucción. Su ensayo, no obstante, construye una inquietante secuencia de la historia contemporánea, exponiendo la irracionalidad que ha inspirado a la política de nuestros días.
José A. Peig
Western histérico y minimalista al tiempo que oda al paria valiente, se trata de una comedia antipática y oscura, perturbadora desde la óptica de quien -el gran reto de la película- se vea incapaz de empatizar con su obcecado protagonista. Lo hemos visto antes, aunque desde ángulos festivos y absurdos, en ‘Hot Rod’ o ‘Anchorman: The Legend of Ron Burgundy’. Aquí la comicidad es cruel y violenta, actitud defendida con orgullo y sin subterfugios. Narrada con una agilidad inusual, prescinde de transiciones y apuntes superfluos, invita a revisar el significado de lo transgresor y nos regala una versión perversa y sin dobleces del totémico cowboy que John Wayne arrastró de forma casi vitalicia. Una radiografía -por incisiva y traslúcida- de la alienación y la insensibilidad humana magnífica.
Mario Vírico









