Los británicos White Lies se encuentran en el punto intermedio de la distancia que media entre el interiorismo oscuro de Joy Division y los himnos llenaestadios de U2. Porque sin las cripticas letras de Curtis y compañía, sólo invocando a la épica uno puede recitar un estribillo tan transparente como “Let’s grow old together and die at the same time” sin que se le caiga la cara de vergüenza. Y es que como ocurre con otras propuestas que practican similares piruetas ochenteras, el alcance de To Lose My Life depende de la disposición de quien los escuche a seguirles el juego. Pero no nos engañemos. White Lies han sido calculados para triunfar. Sus sintetizadores quieren conquistar el mundo. Su orquesta, tomarnos al asalto. Menos grandilocuentes que The Killers pese a todo y menos sombríos que Interpol o Editors, han ajustado lo suficiente en cada frente para poder agradar a todos (o a ninguno). Aunque en los tiempos lentos se muestren algo insufribles, la elección permanece ahí. Fulgurantes o huecos. Lóbregos convencidos o impostados. De ustedes depende. Este microcrítico, gracias a cortes como Death o Farewell to the Fairground, dice sí.
Dr Zito
The International es un thriller político con cierto sabor a cine setentero (Los Tres Días del Cóndor o El Último Testigo especialmente) actualizado con ecos de la Trilogia Bourne en cuanto a los decorados y el reparto europeos y con la impronta de la maligna Quantum en el IBBC, el banco más allá de la justicia alrededor del que gira la trama. Porque los villanos de nuestros tiempos no son ni corporaciones ni gobiernos totalitarios sino los banqueros que usan como secreta arma de dominación y servidumbre el dinero y la deuda que éste conlleva (ya nos avisó Fight Club, recuerden). The International ahonda con nervio en estas cuestiones tan actuales y discurre por territorios más de ideas que de emociones porque Tom Tykwer, que se desenvuelve siempre con soltura, se circunscribe casi por completo a los códigos génericos esperables y solo de vez en cuando (como por ejemplo en la electrizante secuencia en el Guggenheim) apunta la personalidad que mostró en Corre, Lola, corre. Y de paso, confirma a Clive Owen como el el Jason Statham del cine de acción cerebral.
Dr Zito
Cualquier que conociera el comic de Moore y Gibbons y cómo viene funcionando la industria del cine podía predecir que la adaptación de Watchmen no iba a tener un resultado feliz. Sin embargo, tampoco se la puede acusar de lo contrario. Porque el Watchmen de Snyder es un mamotreto inmenso, extrañísimo, plagado de contradicciones, delirios camp y arrebatos gore que se mezclan con voces en off y plúmbeos monólogos calcados de su fuente, que muestra a ráfagas el nervio de su realizador y su talento para el exabrupto y que en otros momentos se ralentiza hasta lo exasperante para mostrarnos lo milimétrico de una fidelidad al original casi de postal. Quien no esté familiarizado con el cómic encontrará Watchmen indescifrable. Quien lo esté, no podrá salir de un deja vu constante. Porque sepultado bajo tanto material y expectativas, Snyder solo acierta a aportar de su propio puño su acostumbrada diatriba conservadora-filogay y un excelente repaso al siglo XX en lo histórico (los créditos, magistrales), en lo musical y en lo cinematográfico (Kubrick, Coppola, Scorsese) con tantas referencias y capas que solo el visionado domestico del anunciado y aún más mastodóntico montaje final podrá dimensionarla correctamente.
Dr Zito

El humor actual en España, en muchos casos, adolece de una falta de seriedad tremenda. Creemos equivocadamente que hacer reír es simplemente gritar, hacer el tonto y decir disparates o, como en el caso de Muchachada Nui, nos inventamos etiquetas artificiosas como el post-humor, cuando sus gags no nos hacen reir y no queremos ser tildados de anticool. La idea de una adaptación no es mala. Hay gente joven suficientemente preparada. Pero el resultado de la propuesta de Cuatro se antoja hasta el momento, lamentable y poco seria, manejando las mismas referencias humorísticas que un prepúber. Los guionistas, por su parte, se muestran mediocres descontextualizando las referencias y elaborando nuevas reinterpretaciones del esketch original. No hay el suficiente conocimiento de la cultura popular, tanto americana como española, para llegar a una adaptación creible. No hay ritmo, ni punch en las escenas e interpretaciones. Y los actores, que se limitan a gritar, intentando destacar por encima del compañero y olvidándose de interpretar y dialogar; crean así una cacofonía ininteligible en demasiados momentos. Sí éste es el futuro referente del humor, que vuelva Mariano Ozores. Él si sabía lo que hacía.
Milgrom






