Obra puntal de la acción masturbatoria made in Hong Kong, ‘Full Contact‘ constituye una rareza dentro de la obra del habitualmente más serio y recatado Ringo Lam: una película de buenos y malos sin dobleces ni dramatismos, apartada de cualquier vocación realista y plagada de personajes arquetípicos que se tambalean por una trama de 2+2=4 que funciona de manera poderosísima gracias a su autoconsciencia y a la exageración de sus mecanismos narrativos. Es el esquema del vengador mutilado al que la traición de un amigo convierte en una máquina de matar (como si Wang Yu hubiera filmado su ‘One Armed Boxer’ en la época del heroic bloodshed), con un Chow Yun-Fat perfecto en su papel de canalla implacable y un Simon Yam desfasadísimo en su encarnación de gángster homosexual amante del sadismo y las risotadas desencajadas, con satélites a su alrededor que van desde lo patéticamente miserable (Anthony Camaleón Wong) a lo sexualmente irritante (Bonnie Fu). Pero ‘Full Contact’ no sólo destaca porque el malo ansíe tener sexo con el héroe, sino principalmente por una serie de excelsas set pieces que la convierten en una de las películas de acción más apabullantes de todos los tiempos.
PJ Tena
La cima de ese humanismo que impregna gran parte de la obra de Barry Levinson se halla aquí. Pero para llegar a ese lugar uno debe perdonar la distante y técnica postura actoral de sus protagonistas: un Tom Cruise en incierta transición hacia la madurez que se movía con inusitada comodidad, y un Dustin Hoffman que con su parte editaba definitivamente la guía “Cómo ganar un Oscar® encarnando a un disminuido”, y pese a ello un derroche de genio expresivo indiscutiblemente conmovedor. Como siempre en Levinson, una marcada nostalgia, aquí sutilizada a través de referencias a un pasado familiar, ése que vertebra el conflicto emocional del film. Aspira al clasicismo, mientras que su intermitente y chirriante aura ochentera rebaja el alcance de sus objetivos. No obstante, el resultado es cuanto menos singular y, de algún extraño modo, brillante, lo que fluidifica su excesivo metraje. Además, cuenta con uno de los mejores scores de Hans Zimmer, antes de la triste industrialización que supuso su partitura para ‘Days of Thunder’.
Mario Vírico





