‘The Mist’ cuenta la historia de un grupo de humanos que pugna por sobrevivir en un ecosistema que funciona ciego y con independencia de ellos. Tras la niebla consecutivamente aparecen cefalópodos, insectos, arácnidos, crustáceos y finalmente una maravillosa criatura lovecraftiana. Pero su hostilidad hacia el humano no es dirigida ni intencional. Ese universo alienígena o trasdimensional sirve para poner de manifiesto nuestra vulnerabilidad y fragilidad física, nuestra irrelevancia frente al mundo. Por contra, quien administra la muerte por moralidad o justicia es siempre el ser humano. El gozo del indisimulado tono serie B de ‘The Mist’, las referencias carpenterianas o a ‘Los Pájaros‘ y su memorable final, chirrían sin embargo con la autocomplacencia de otros momentos, de los fragmentos altisonantes, de los discursos improcedentes y desafinados que Darabont pone en boca de los personajes destinados a poner húmedos a los fans de las lecturas inmediatas. Pero no necesitamos que nos subrayen lo evidente. La grandeza del género apocalíptico es suficiente para que los hechos prediquen por si mismos.
Dr Zito
Ahora que los nuevos cachorros descubren a Sidney Lumet con ‘Before the Devil Knows…’, urge deshacer esa impresión errónea que muchos han extraído de su último trabajo: Lumet siempre se ha movido cómodo y juguetón en patrones del tipo muñeca rusa o rompecabezas. Si a eso le añadimos que ‘Deathtrap’ le debe su libreto a un original de Ira Levin, se comprende fácilmente la naturaleza fullera y burlesca de la obra. El film se sostiene principalmente sobre un Michael Caine que recorre la parcela que le correspondía a Laurence Olivier en ‘Sleuth’, mucho antes del remake locaza de Kenneth Branagh. Un guión sinuoso (y sí, tramposo), repleto de bilis y mofas al espectador y un Christopher Reeve en su sempiterna piel de galán inmaculado complementan el desmelene de Caine, quien anticipa su turbia parte en, volvemos, el ‘Sleuth’ de Branagh. Su gran virtud se halla en la plena consciencia y dominio del jack-in-the-box que de éste tiene Lumet, amén de esa pomposa tensión que nunca acaba de estallar y que crispa la inteligencia (de haberla) de su público. Por no hablar de ese espacio inflexivo que se da hacia la media parte… una jugarreta maestra.
Mario Vírico
La obra magna de Warren Spector es de un influjo tan patente y poderoso que muchos la niegan… mientras siguen, quizás sin saberlo, los caminos que ésta abrió, unos que el propio Spector ya tanteó en ‘System Shock’. La revolución se halla principalmente en una narrativa que discurre a la misma velocidad que el avatar y en el equilibrado brebaje genérico que propone, que lejos de latir en lo estético es traladado al sistema de juego. La riqueza opcional de sus menús y la ingente cantidad de datos que encontraremos esparcidos a lo largo (y ancho) de ‘Deus Ex’ obligan al jugador a reflexionar. La reflexión es un tránsito inevitable si uno se sumerge en la ciclópea trama que plantea el juego, brutal túrmix de sci-fi y cyberpunk con personajes de moral podrida, irresistibles gadgets hi-tech y decisiones que deberemos tomar y que nos llevarán a conclusiones en la mayoría de casos incómodas. La paradoja, poética si se quiere ver, está en que nuestro personaje no es del todo humano; precisamente nuestra labor revelará un destino sobre el que reposa otro: el de la Humanidad. Todo bajo un diseño de sensual generosidad y una banda sonora magistral. Todo bajo un cielo perpetuamente nocturno.
Mario Vírico






