No es el capricho personalista de Zach Braff, esto se advierte cuando Braff se usa a sí mismo como saco de boxeo, y eso es algo que queda de manifiesto desde la primera escena. Es cierto que el resto de ‘Garden State’ divaga alrededor de males generacionales, tragedias personales y deseos oscilantes. Pero Braff escribe, dirige e interpreta con la convicción de un inocente. La pretensión revolotea, también es cierto, pero existen una franqueza y honradez hirientes en la sustancia del film, así como en ese protagonista alienado que vuelve a su ciudad natal. Braff aporta una mirada extrañada pero lúcida desde su triplete, y no duda en preparar un desenlace lleno de relámpagos románticos, uno que llama al desconcierto por su valiente fiesta de tópicos. Un talento de veras extraño, virtud fácil de apreciar en ese prisma que se columpia entre una rigurosa contemplación de las emociones y el peso de esa estupidez contemporánea y velada.
Mario Vírico
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